Cuando el negro Ismael Rivera decidió morirse el miércoles 13 de mayo en un año del que no quiero acordarme, luego de un domingo Día de las Madres en su calle Calma, lo único que quedó en calma fue el soneo salsoso. Este negro, que por su voz y los giros que le imprimía a ésta simbolizó el verdadero soneo salsoso, fue el sonero cumbre de la revolución que trajo la Salsa a la música del Caribe urbano. El se dio el lujo de vivir la fama del cantante adorado por su público que rayaba en el fanatismo: "aunque haga algo malo lo seguimos queriendo", y a nadie le importó.
Era puertorro y no podia ser de otra forma en la Salsa. Al principio cultivó la Bomba y la Plena sin olvidar de apropiarse de la Guaracha cubana con tal maestría que cuando Celia, en un concierto de la Fania All Stars, lo cucó él la dejó sin palabras. En el cantar salsoso estableció una escuela estilística por su forma de sonear donde él fue el único maestro y no han habido estudiantes que ni siquiera lo imiten; su canto era sobrio pero intrincado, por eso ha sido inimitable. Era albañil oficio que abandonó por el arte de cantar a lo caribeño. Con su estilo construyó un edificio musical de entradas admirables, contornos de dificil imitación y con salidas inesperadas.
Porque se crió y siempre vivió en un barrio de la capital conoció la marginación social en sus entrañas. Que no le hablarán de izquierda o de derecha lo de él era el centro de un tambor legal. Siempre comprendió que su realización estaba en una rumba o en una rumbita de la esquina. ¿Qué si era religioso?, pues claro que sí, creía en un Cristo Negro caribeño; nada del blanco perfilado con nariz aguileña y ojos verdes. Su cristo era como él, un negro de ébano que la vida lo corona en la frente con surcos de dolor. Su camino al calvario fue arrastrar en sus espaldas el feretro de su compay, el otro incomprendido, por las calles de San Juan lleno de gotas de dolor y absorto en su soneo mental. Y el tambor repica que te repica la cadencia del ru-cu-tum-bun-bá o tucu-tucu-pa-pa-ha y el sonero más grande del Caribe no dice na.
Este sonero mayor se las traía, vivió intensamente y como quiso, pero sabiendo que se moría día a día, por eso su canto decía algo al corazón de su gente sin la necesidad de explicación. Y porque fue idolatrado, y porque fue vejado, y porque fue abandonado, y porque fue resucitado por su gente; él fue un cristo en el archipielago del Caribe. ¿Y como?, si no fue un santo; pero ¿quíen lo puede ser en el Caribe?, diran otros.
Qué agonía la del sonero mayor en sus últimos días, sin garganta para sonear, sin bailes para tocar, sin discos para grabar, sólo el Día de las Madres para con Margarita rumbear y después morirse de cualquier cosa para que no digan más. Qué era el brujo de Borinquen??!!!, todavía lo dudan, si nadie como él soneó y si todavía sus grabaciones de la década del 50 conmueven a unos jóvenes y otros las regraban en el 1998.
Cuando Ismael regresó de las Tumbas lo hizo con controversia cantando un guaguancó y así anunciaba su postura ante el mundo. Su soneo es de controversia con él mismo, no se quiere repetir, no se quiere acomodar, quiere cantar como lo hace en Villa Palmera a todo pulmón y de cara al viento. Ismael en su soneo no canta, pues ha entablado una conversación con su gente negra, lo importante no es cantar más vale saber decir la cosa. Cómo va a cantar con dramatismo operístico, si eso es para los teatros; lo de él era cantar en la calle, en la plaza, en la playa, al aire libre y de cara al Sol como se canta en el Caribe. No tengan duda que era el brujo de Borinquen sí murió y lo enterramos, pero todavía sigue hablando con nosotros. Tampoco hay duda que era el sonero mayor sí nadie se atreve imitarlo.
Y él que se creía que solito iba a estar cuando se muriera . . . Ecua Jei !!
Autor: Prof. Nicolás Ramos Gandía
12 de mayo de 1998
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